Encuentro Nupcial
Juntos, sobre el lecho en que luz y muerte juegan, los amantes se denudan, se buscan en el agua, se desean precipitados el uno al otro. En duelo feroz, como animales preciosos, se encuentran bajo la tarde que estalla. El rito se inicia con palabras suaves, palabras obscenas, palabras repetidas, una y otra vez, sobre el sudor y el gemido.
Apenas se conocen, pero descubren que los cuerpos se extravían en el deseo, y la caricia resbala por el aire como espuma o dentellada. No les bastan los cuerpos, la música que hacen al entrechocar en el lecho, la música no es más que una rosa que se desliza por un vidrio roto. Juegan en la sombra, entre la cocina y el comedor, mientras nadie los oye, mientras nadie se da cuenta de que el amor es inútil, y solo es cierto el deseo, los cuerpos que se entregan a los cuerpos.
En el cuarto se encuentran hasta saciarse el uno en el otro, hasta sentir que el tiempo arde en el jardín, en la calle y en la ciudad dudosa. Satisfechos, se despiden al fin creyendo que mañana habrá un mañana, pero no saben que los cuerpos jamás se vuelven a ver, porque el corazón puede soñar al lado, en el fondo, casi siempre.
La rosa simbólica
Aquella flor era el deseo, la única promesa, el tránsito escarlata. Aquella forma duró el tiempo necesario para vivir entre memorias destrozadas y un remordimiento atroz como el verano. La recuerdas ahora, que el día se suspende de un ala, de una hoja filosa. Tú la escogiste cerca del Correo, entre baratijas diversas y un pregón absoluto. Tú mismo pagaste el precio, que no era ni mucho ni poco, pero le diste un sentido, le diste la imagen que tendría la dulzura implacable y perfecta. La guardaste en tus labios, como se guarda silencio ante un dios desconocido.
Regresaste a su casa pensando que la vida era en verdad alegre, mientras el autobús recorría los mismos lugares, que jamás volverías a ver, porque el amor es efímero como todo lo que muere entre sombras. Sabías que le iba a gustar un obsequio sencillo y cotidiano, pero no cuanto iba a durar en su pecho, en el agua turbia y verde musgo.
Aquella rosa era la última promesa, y el mundo jamás volvería a ser mendigo buscando en la basura un amor, el último amor. Por eso tú se la entregaste en la puerta, después de atravesar el jardín, donde esas otras flores anónimas susurraban en penumbra, y la recibió como premio a la soledad que vendría, cuando tú, después de mucho tiempo, te marcharas.
Soledad
Si la conocieras, amigo, cuando se queda en la casa desnuda. Si supieras cómo sonríe, cómo va de nuestra sombra a nuestro cuerpo, mientras el día fluye ignorando que un hombre muere, que muere su alegría en brazos, que es amarga la amargura y asquea el silencio. Si alguno entendiera que viene de nosotros y va a nosotros lenta como mortaja, marmol puro y ángel guardián, que se siente dichosa en el fondo, en cada palabra que invita a olvidarnos del amor.
Es nuestra, siempre lo ha sido, el tiempo que lleva con nosotros es tiempo, nada más. Su piel es leve, aire, menos que aire. Nos ama como una amante que no teme a nuestras manos. Nos prefiere a otros, porque sabe que nuestras promesas son ciertas y su verdad en nuestros labios es un lirio roto. Si bajo el crepúsculo en desmayo, si entre cipreses roídos, rótulos y calles diversas nos acompaña, es sólo porque desea un cuerpo frágil en quien hincar su dulzura, en quien permanecer entregada y sumisa.
Nuestra soledad se pasea por un mundo fantasma, satisfecha porque es única e insoslayable, porque pesa nuestras lágrimas en épocas inútiles, porque a pesar de otros cuerpos siempre sabe aguardar al hombre cansado, al que busca aquello perdido entre nocturnos, aquello que no puedo recordar, aunque sueñe despierto.
Crepúsculo en desmayo
Era al atardecer, cuando los amantes se sentaban en la yerba. El día, como todo lo que no es humano, reverberaba en sus ojos. El viento, suspendido entre los cipreses, daba al parque el encanto, la sutilieza, el candor primigenio. Entrelazados en la sombra se buscaban, se herían, mientras el cielo rojizo iba ahondándose en sí mismo.
Eran felices, eran niños aún entre ortigas, ceños sórdidos y miradas sucias. El verde ocre ceñíase al crepúsculo, mientras los pájaros buscaban el cobijo, la rama leve. Se sentían dichosos mirándose con una dulzura implacable, como lejanos dioses sin tiempo, sin estación posible.
Era al atardecer, cuando debían regresar al mundo, encontrándose con la ciudad oscura y mezquina. Debían ir de prisa entre calles perversas, abrir el portón negro, mientras en el fondo los aguardaban los cuerpos tibios y el deseo como un animal terrible. Después, quedarían desnudos, comprendiendo que eran ciertos, que se habían encontrado el uno al otro, mientras la alfonbra azul paralela a la tarde los invitaba jugar alrededor de la manos. Más tarde, siempre más tarde, vendría la despedida, la mentira final. Solos ya uno del otro, jamás se volverían a ver, mientras el paisaje quedará intacto para siempre.
La única certeza
¿Acaba el deseo, el palpitar en sombra, la luz que un día se albergó en la mirada? Será lo que piensa el amante, mientras arrastra sus pasos por el mundo, y la luna se torna clara y triste como una máscara que se desliza entre árboles, elfos y brujas; mientras el viento condena a un cuerpo a sentir su caricia y un escalofrío se anuda en la garganta como una cuerda o presagio.
¿Se acaba el juego clandestino, el labio que jura sobre un beso a escondidas? ¿Se termina la batalla a pesar de la música? ¿Es definitivo el adiós, la lágrima que destruye el encuentro de un cuerpo contra otro? ¿ Se borra el deseo sobre el paisaje gris y el rito entre siluetas ardientes, sombras, algo más que sombras?
El amante sabe que mientras en amor sea nube, ala o cuchillada, mientras el cielo arroje muslos sobre el aire, mientras la sangre se tropiece con el tacto, es posible que los cuerpos se encuentren desnudos y el día no sea más que una floresta estéril; son posibles las palabras, la flor abierta hacia el atardecer; es posible la dulzura, mientras el afán por encontrarse con un cuerpo palpite en el lecho como una quemadura.
Pero, el amante que conoce el éxtasis entre sexos ambiguos, comprende que sólo es posible la vida lejos el uno del otro...
En silencio
Ahora, que conoces el camino hacia el aire, te parece que la soledad es hermosa, intuyes el alba entre leves claroscuros, sientes el corazón más alto, más frágil que la luz. La soledad te queda bien, te sienta bien, mientras una mujer no invada la monotonía, el ámbito gris que habitas como un demonio aéreo. La soledad es tan sencilla que te dan ganas de gritar sobre la ciudad, mientras duerme el deseo, mientras se confunde la distancia y el tiempo, y en cada puerta el viento gira, silba, mata.
No dices nada más, no aspiras a que un cuerpo te manche, porque sabes que todo es mentira, mientras el día amanece translúcido y tenaz, porque el amor es falso como una mascarada, mientras sueñas el olvido y la dulzura se esconde entre recuerdos.
En la sombra siempre hay otros hombres que se pierden en las calles, con su mujer bajo el brazo; otros amantes creen poseer el cuerpo que grita bajo su dominio, otros tienen aquello que a ti no te interesa, porque pasa entre fuentes y rutinas.
En silencio, te das cuenta de que no posees a nadie, y esto te satisface, te hace solitario y amargo. Pero que importancia tiene el hombre y toda su parentela, si al final quedan las palabras, sucias y ambiguas, como restos de lo que permanece intacto.
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