¿De qué valen las palabras?
¿De qué valen las palabras
certeras
y precisas
y germinativas
en las jodías cadencias
de los cantares
del deseo cierto,
cierto,
cierto
de unos pechos conocidos
que son ansiadamente
ansiados
en los recovecos
de los sueños,
de unas manos amantes
conocidas
que son fantasiosamente
imaginadas
en los laberintos
de los paseos solitarios,
de unos muslos
ya colonizados
y lamidos
y olidos
y poseídos
apenas casi
en la biografía
de los días únicos
donde desnudos
desnudados
en un arco iris
y en una habitación
y en una locura
de plata espumosa
y marfil cálido
y caoba oleaginoso
y melocotón
suave
con el que nos alimentamos
en la subida
y en la bajada
y en los empujones
y en los zigzags
del amor
y sus complicidades?
Quizás sólo sirvan
para que la memoria sepa
que no fue un sueño,
que no fue un sueño
nombrarte,
María,
como te nombré,
y nombrarme,
María
como me nombraste.
Lencería
¿Maldecirás
el inconveniente
de mi imaginar
haberte amado
en este verano de Málaga?
¿Cerrará
la herida que se me ha abierto
por tus ojos
de mujer morena?
¿Aprenderemos
a saborearnos
muchas más veces,
en muchos más lechos,
entre muchas más sábanas
o nos rozaremos
como barcos
en la noche?
¿Tristeza del recuerdo
serán los versos futuros
o bordaremos
nuestros nombres
en nuestros pijamas
de besos?
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Con R o De