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Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar
ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños familiares,
llorando. Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la naríz, con las rodillas. Llorarlo por
el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar
improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias
o como pasas de higo. Un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una
importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisiaco
o con un aliento insecticida. Soy capaz de soportarles una naríz que sacaría
un primer premio en una exposición de zanahorias. Pero eso sí, y en esto
soy IRREDUCTIBLE. No les perdono, bajo ningun pretexto que no sepan volar.
Si no saben volar, pierden el tiempo conmigo.
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