Cicatrices

A Pablo Valladares G.


           Tengo una pluma nueva para grabar cicatrices en la arena, en la cal, en los espejos; para escribir sobre una ciudad que vuela por las noches mientras duerme el albañil, el panadero y el gendarme. Las ciudades se mueven sin que se note, aparecen de pronto en la tormenta, en la aridez del desierto, a la orilla del mar. Se mueven despacio como un ladrón furtivo y sólo el reptar de las sombras las delata.
           Te hablo de las ciudades sigilosas porque los bosques se volvieron estampa en la memoria. Las calles se tejieron para dar albergue a los mendigos y a los caminantes, a los edificios, los aparadores, las bicicletas. Te puedo escribir entonces del adobe y del salitre, de la soledad que acecha tras las puertas, de las mesas, las camas, las hieleras, el pesado silencio del domingo. Afuera de las ciudades el viento se entretiene en fabricar montañas, adentro, es estupendo tener una pluma nueva y hacer surcos con ella en las banquetas.


Duele

           Dices que en mis cuadros sólo hay sombras y una inevitable tendencia a lo grotesco, a lo trivial y lo efímero. Tienes razón, le tengo aversión a las estatuas y a la petulante soberbia del profeta; desprecio la blancura falaz de las fachadas; celebraré con gusto la muerte del último Mesías. Disfruto sin embargo, la monótona voz del merolico, el ingenio de un albur, una sombra húmeda cuando el calor arrecia, una taza de café por la mañana. Si te digo del dolor de la ciudad es porque duele digan lo que digan los políticos, recen lo que recen sacristanes. Puedo recomendarte, para evitar las sombras, que te sientes en silencio en la alameda hasta que escuches el canto solitario del mochuelo, el chismoso murmullo de las fuentes y la lenta muerte de los patos.


Salimos

           Las mariposas se fueron hace meses y hoy salimos a esperar el viento. En las calles hay trozos de banderas que se agitan como diciendo adiós. En realidad las calles están pavimentadas con puras despedidas, con los silencios invernales de los muertos, con pedazos de discursos y carteles. Hoy salimos para vernos el rostro por última vez, antes de que el sueño nos grabe una nueva cicatriz y otra herida.


Campanas

           Insisto en escribirte por la tarde porque las horas son como un mar picado que arroja desperdicios a la playa, cuando las sombras cubren con lentitud las piedras y la arena. Es más fácil entonces, recoger caracoles y un poco de espuma con las manos. Tengo la tentación de hablarte de nostalgias; la soledad por ejemplo, o el temor a quedarme sin espejos.
           El poder y el deseo me siembran ruinas por adentro, una borrachera de lugares comunes y de muertes. No hay mejor receta para vencer la angustia que arañar un poco el pavimento, o ver cómo se rasgan los retratos con el tiempo, o escuchar las campanas. Los campanarios son como un faro en el silencio. Vendrán las lluvias, la tormenta, la langosta y las orugas; se irán los soldados, los perros, las ciudades; pero las campanas seguirán ahí, como una puerta.


Escribir

           Algunos sólo pueden escribir cuando están tristes o cuando el dolor arrecia, por las noches. Escribimos también a contraluz, enceguecidos. Fabricamos espejos, botones de tinta que se rompen. Unos escriben a golpes de cincel sobre las piedras, otros en barcos de papel o sobre arena. Te escribo con la íntima certeza de que mi cuaderno acabará en ceniza, por eso te digo las hormigas, la mancha de leche en los manteles, los grillos, el olor del café por las mañanas.


En el Café

           El café se enfría sobre la mesa mientras escribo una serie de frases deshuesadas, flácidas, destinadas a morir como el zacate quebradizo del otoño. Las mujeres van al baño por parejas. La mesera recoge propinas y migajas. Afuera, un grupo de hombres construye un edificio efímero. En el aire flota el eco de discursos muertos que son como el ruido de un ventilador ya viejo, quejumbroso y monótono. Las bibliotecas se llenan de cadáveres pero aquí, una mujer trapea con lentitud el piso.


Escribir /2

En la montaña del rey está el poeta con la armadura mal puesta del oficio.
Enrique Márquez


Escribir es un acto doloroso e inútil, más inútil que la muerte por hambre o una borrachera decembrina, tanto como el agua de lluvia en el desierto o una flor que crece en basureros. Escribo por un simple dolor de callos o por el deseo que se marchitó en mi mano. Tomo la pluma para gastar el tiempo y la tinta, para decirte la noche reflejada en los cristales. La cosa de anudar palabras, tejer burdas canastas con las frases, se me volvió locura. Busco entre los conjuros, los diccionarios y los albures, la combinación de letras que me descubra una realidad que ignoro. Recorro con los signos la piel de la mujer, los desiertos, el rumor del agua, el inseguro zigzag de los ciclistas. Hago otras cosas inservibles como soñar despierto, fumar, tomar un poco de café mientras se muere el tiempo, comprar un billete de lotería de vez en cuando, jugar con la estructura de mis textos, inventar una palabra sin sentido. Al final, cierro la pluma, guardo la hoja en un cajón repleto de papeles y me quedo solo, con mi dolor de callos.


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