Soy

A Rubén Dario


Yo soy temblor, amante sempiterno.
Duro destino soy, amor que pasa y no regresa.

Yo soy delirio de albas, visitante que
rubrica mundos, vaivén de hamaca y mar ritual
de sacrificio.

Yo soy aquel que abraza al ruiseñor por la
mañana y duerme su alondra en la madera de
luz, entre los sueños.


Masada

Nazco en el taller de la muerte, en la vigilia
de tus rocas, en la espera sedienta de tus
niños.

Nazco en este ombligo de áridos riscos,
aunque me sigan esperando tus falanges,
aunque me sigan matando tus asedios.

Sigo naciendo en mi propia morada de alturas
insumisas.
Vuelvo a morir frente a tu vista seca, para
nacer de nuevo.

Nazco en el altar de tu muerte, en la vigilia
de tus rocas en la espera sedienta de tus
niños.


Ayer

Ayer morí cuando escuchaba el firmamento en
la densa niebla de tu sombra.
Como bolas de maderavenían gitanos en el
redoble de las hadas.
Eran mis seres queridos allende el
horizonte.

Ayer, con la muerte, me dormí.


Bajo las horas

Hiriente paisaje de arena.
Antigua maldición de pies en agonía.
Verdad que se hunde y que tortura.
Puñal de agua en mi olvidada niñez junto a la
lluvia.

Ventana de hembra, verdor atravesado en mi
camino, coral inverosímil de muertos
caminantes, asesinos.

Lánguidas águilas, lechuzas, chozas, flechas
y estos ríos transparentes bajo las horas.


Noviembre

Profundo dios en los tréboles del agua.
Anticipados celajes entre guitarras grises.

Noctámbulos jinetes embozados con capas de
titanio.

Altivas hadas de zafiro en las bañadas
grietas de las albas.

Anticipados aires, anticipados sueños.

Añoranza de cipreces, de portales y de niños
sembradores.


La Tarde sube al Poeta

La tarde sube al poeta su naranja de fuego
y el verso unge con pájaros la catedral de
sueños y celajes.

De intangibles almendros teje su hora la
grandeza confirmada del asombro.
Lúdica asoma la tarde su despiadada
majestad,

¿De dónde vienes y hacia dónde diriges tus pasos,
peregrino maldito y condenado?

Sobre el silencio cercano y circundante, a lo lejos
se oye en la distancia, libando con cicuta la misma
vieja pesadumbre y la misma certeza final
que se despide, al mismo ritmo
de la nave que regresa.

La tarde sube al poeta su naranja de fuego
y el verso unge con pájaros su catedral de
sueños y celajes.


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