Por la ventana semicerrada, los árboles se ven rojos. Por mi penumbra semicerrada, mis pensamientos son rojos. Por entre tus piernas semicerradas, se escurre roja mi sangre de color rojo sangre. Sopla el viento y yo sólo oigo tus jadeos en mi oreja.
Trato de no pensar en vos, en tu humedad entre mi boca, pero llenás todo el espacio de alma que tengo entre las sábanas. ¿Es ésta la pasión? ¿Es ésta la vida? Así, rojo en mi piel, te parecés a la pasión. Así, desaguando en mis dedos, te parecés a la vida.
Recuerdo el día en que presentí el día en que habría de rasgar esta nochescarlata, besándote la espalda; el día en que habría de diluir este sudor de angustia bajo mi cuerpo; el día en que habría de empezar a memorizar tu ausencia.
Nombres, lugares, tiempos y voces que yo nunca conocí, resbalan por mi cintura hirviente, deshaciendo el constante partir de quién sabe dónde hacia no sé ni sabré nunca bien donde. ¿A quién pedirle cuentas? ¿A Dios, a ése padre tuyo, que no nuestro, que está en los cielos? ¿A la muerte-ángel, que manchó los muros de las ciudades? ¿O a vos mismo, tan parecido a la vida, tan parecido a la pasión, aunque vos no hayás llegado a ninguna parte y aunque yo no me haya ido de parte alguna?
Tus ojos conjuran un torbellino lejos de mí. Veo el resplandor de sus rayos, oigo el retumbar de sus truenos, me los como cuando mi lengua desemboca erizada entre sus ingles.
Ahogándome en tu pelo, trato de imaginarte en esos días de tormenta, cuando la lluvia destroza tu casa, construida ladrillo sobre serenidad sobre renuncia sobre ladrillo sobre impotencia sobre límites a hierro ardiente sobre ladrillo sobre palabras de supervivencia.
El viento rompe cristales de la intimidad, sellada con doble vidrio para que no entre el frío, como si en lugar de vidrio, hubieran sido hechos de papel de china, el mismo papel de china de los papalotes que encumbrabas de chico, cuando el viento era el mayor desafío de ir a la huerta a robar manzanas.
Cuando el aguacero amaina y el sol aparece con cara de pocas pulgas o culpable, entre las nubes cansadas de sacarse agua, parecés llorar encima de los destrozos, un instante, para empezar, con fuerza sacada de algún destino comprendido de antemano, a levantarnos, uno a uno.
Hubiera querido alargar mi mano, acariciarte con consuelo, consolarte una caricia, pero la tenés temblando entre tus labios y tus dientes.
La reconstrucción te toma días, días de silencios, llenos de bromas. Sólo en tus ojos apenas acostumbrados a la claridad, se vislumbra algo que se parece a una hoja de afilar por venir.
Yo, estos días, me imagino esperando, quieta. No sé esperando qué, pero esperando, alerta, expectante. A que estés de nuevo en la tierra de los posibles, deseoso de no pensar o de arriesgar una apuesta por la felicidad. Una apuesta que siempre, de alguna manera misteriosa para mí, hacés de manera natural, como si las cosas hubieran sido hechas para así, para eso, para que uno apueste por ellas.
Despacio, me empapo con tus contradicciones vividas como si no lo fueran o como si no importara que lo fueran, que sos vos.
Despacio, te unjo con mi lumbre, con mi pulsión, con mi celo.
Despacio, me mojo con tu huida, con tu desconcierto, con tu tesón.
De tu cama me saca una libertad dibujada mil veces, familiar y lejana, con quien te acostás más vehementemente que conmigo, porque con ella, le sos infiel al destierro.
Y ése es tu desafío, tu razón de vida, tu fuerza de pasión, tu locura de desarraigo, tu muerte pulida como un triste candelabro de bronce entritecido, desde que siendo niño, mirabas los montes de tu ciudad pensando que te costó tanto irte, porque desde el principio, supiste que no habría retorno posible.
Entre tu cuerpo, mi desafío, mi pasión y mi locura terminan donde empiezan, en tu sexo. No van más lejos, porque ésa es una estación resguardada, protegida. En esa estación ya no hay guerra, se ha declarado un armisticio, una tregua de paz. Y yo amo la paz, aunque viva de incendio en incendio. Aunque ame el fuego, aunque lo haya provocado siempre, preguntándome por su naturaleza y la mía, aguantando las manos en las resistencias para ver cuánto quema, qué cicatriz deja, por cuánto tiempo, cuánto cuesta sanar la quemadura.
Con vos conozco lo traslúcido del agua, su densidad, su brillo, que me apacigua con un beso largo en mi pecho desnudo.
Y eso es extraño para mí. La sed mitigada, la calma inmóvil en hilos de agua, inatrapables. Oigo mis gemidos en los tuyos y tu cuidado me cerca de rasguños, de roces, de paredones de fusilamiento que tampoco conocí nunca, que nada tienen que ver conmigo y que me acompañan después de hacer el amor con vos. Se van conmigo a mi casa, caminando conmigo las calles de tu barrio, toman el autobús y se sientan a mi lado y aunque yo trato de engañarlos y finjo bajarme en una esquina que no es la mía, ellos lo saben y no se despegan de mí un instante.
Entonces yo soy la perseguida, la desarraigada, la desterrada de sí misma.
Me doy cuenta de que hoy es 16 de setiembre, o 3 de abril o 10 de enero. Son todos los días de los restos de la vida, de la pasión, de la angustia.
Y es por eso, porque momentáneamente pierdo dónde estoy, que trato de recobrar mi vida, la de antes, la otra.
En la oscuridad de mi olor de mujer, asoman las montañas azules de mi ciudad, llovidas, frescas. Trato de atraparlas con mi conciencia, pero escapan en el impulso de tus sentidos, enredados en los míos. Vuelvo a intentarlo y en la oscuridad de mi olor de mujer, las risas de mis hermanos que guiñan un ojo a la salida de la escuela. Trato de reirme también, pero mi risa se escapa en el ventolero marfil de tu aliento. Lo intento una última vez y en la oscuridad de mi olor de mujer, trato de percibir la hondura turquesa del mar, pero escapa de mis ojos, inundados de besos tuyos.
Ya no lo intento más, porque en esta oscuridad y en este olor mío de mujer, encuentro alivio, al fin. Un olor acre, de rito inventado desde las caricias de un hombre, de travesura recordada de sí misma desde la huella de una cama sin bordes, eterna, inabarcable.
Me reconozco porque a solas, más tarde, tu peso marca la cama y tus tinieblas llenan el cuarto. Y entonces puedo acordarme de cuántas cosas he olvidado, de cuántas he dejado en algún lugar, de cuántas me he obsesionado, de cómo durmiendo sos también extrañamente poderoso, de cómo la rebelión igual te brota de los poros, proscrita, creyéndote dormido y de cómo yo me quedo en un rinconcito, en silencio, para no asustarla, o tal vez para que no sea ella quien me asuste, agarrada de tu mano, que aun estando en el país de tus ensoñaciones, me sostiene con fuerza.
Años después aún me acompañarían esos pulsos, esa respiración, esa mano encuevando la mía, porque me enseñaste que las cosas vitales, son también letales. Vos, que parecías vivir con dulzura, con suavidad, con una manera paciente de permitir fluir a la vida, me enseñaste a vivir como escribo estas líneas, al borde del aliento.
Voy por la calle iluminada por los faroles, entre el día y la noche. En las aceras, la gente camina como si no hiciera frío. Tal vez son ellos los que no tienen frío. Yo, sí tengo.
Una hora larga, de más de sesenta largos minutos, hace ya sin verte.
¿Hay una salida de emergencia por aquí?
A los lados de la callecita pequeña, de piedra, hay tiendas de artesanía, de chocolates, de flores, de lunas, de velas de colores. Me detengo en una y otra, me pierdo en todas, no veo ninguna.
Tres horas largas, de más de ciento ochenta largos minutos, hace ya sin verte.
¿Hay una salida de incendio por aquí?
En lo alto de la cuesta, encuentro una iglesia de perfiladas torres, de piedra también, sus campanas quietas. Debe de ser por la hora. Me dan ganas de entrar y sentarme un momento, pero las puertas están tan cerradas que uno se pregunta si alguna vez estarán abiertas. Me detengo un momento para tratar de descifrar la mirada del ángel que mira al oeste, pero la sombra no me deja hacerlo y entonces sigo de largo. Por un instante, siento la tentación de mirar atrás, pero me contengo.
Siete horas largas, de más de cuatrocientos veinte largos minutos, hace ya sin verte.
¿Hay una salida de terremoto por aquí?
Doy vuelta a una esquina y encuentro un parque, vacío, sin árboles. Me fijo con cuidado y descubro que sí tiene árboles, pero que están deshojados y por eso no parecen árboles, pero sí lo son. Lo siguen siendo mientras aguardan.
Catorce horas largas, de más de ochocientos cuarenta largos minutos, hace ya sin verte.
¿Hay una salida de inundación por aquí?
Un farolito indeciso alumbra otra callecita pequeña, en la que hay una galería de arte y un teatro casi de bolsillo. Quisiera saber si alguien entrará alguna vez. Por un contradecirle a las estadísticas, entro y la tibieza me reconforta. Hay pinturas colgadas en todos los muros y me inquieta no saber quién las pintó, no sé bién por qué. Tal vez me arde ese anonimato tan semejante al espejismo, al mío propio.
Veinticuatro horas largas, más de mil cuatrocientos cuarenta largos minutos, hace ya sin verte.
¿Hay una salida de desastres por aquí?
En el viejo puerto, a hojarcadas sobre la muralla que da al camino de los barcos, no puedo creer que el río se congele en febrero. Mi imaginación no alcanza ese grado de helada, no lo encuentra en la memoria y me alzo de hombros diciéndome que ya vendrá, lo que quiera yo o no.
Cuarenta y ocho horas largas, de más de dos mil ochocientos ochenta largos minutos, hace ya sin verte.
¿Hay una salida de la vida por aquí?
Un castillo enorme, me topa de frente. A un lado, el río y entonces entiendo en qué ciudad estoy. Entiendo que no es la misma en la que una vez estuve y entiendo que es la misma en la que no estaré jamás y no sé si alegrarme, porque estoy viviendo una borrachera de pesar que no me alivia reconocerme. Y ahora sí, miro hacia atrás un momento y el claroscuro me sonríe, me alza en sus brazos y me deja concluir que sí, que es una ciudad que me envuelve, como vos.
Ya no sé cuantas horas ni cuantos minutos hace ya sin verte.
Pero, ¿cómo se sale uno de aquí?
Perdí la cuenta.
¿No hay nadie que pueda decirme si hay una manera de salirse de esta vida, por aquí? ¿Una manera de no estar? ¿Una manera de no estar más, nunca más?
Ya no sé hace cuánto que hace que estoy ya sin verte e inmóvil, muda, ciega, descubro que ya no sé hace cuánto que hará que estaré ya sin verte, sin verte nunca, sin verte nunca más.

