No sé qué pensar, me he prometido no repetirme,
y ya ven, siempre doy la vuelta en la misma esquina,
o soy un poeta que escribe a fuerza de malas palabras,
o lo que es igual de palabras sucias.
Pero como les decía me repito a cada rato,
quizás porque mi último amor salió trunco y obsesivo,
y caí en una de esas trilogías,
en las que uno no sabe si leerse el prólogo y el final,
o leer de corrido, capítulo a capítulo,
para que un toro no lo embista a medianoche
en un sueño que acaba en insomnio.
Seguramente, deseo repetrime en esas palabras
que les encanta a las mujeres,
aquellas como te quiero, extraño tu desnudo,
por qué no vienes esta tarde a casa,
de por sí estoy solo y vos también estas sola,
quién sabe si podríamos imaginarnos el uno al otro,
mientras la sangre se hace un sudor denso
que fluye de mi sombra a tu sombra y viceversa.
En fin, a veces es muy tarde para cambiar
los gestos y la tinta repetida,
quizás porque el amor se cansa siempre de lo mismo
y volver sobre el cuerpo amado cansa,
aunque el día siempre amanezca diferente.
El amor te hizo como eras,
o por lo menos, como yo creí que debió ser el amor
en un tiempo sin historia.
Hablando en serio, no logré nada a pesar de las
caricias,
los encuentros en cafés
y el sinnúmero de artificios
que empleé para llegar a tu dulzura y tu desnudo.
Hasta el dolor me pareció horrible,
fuera de lugar,
sobre todo en un corazón
que apenas llegó a conocerte
entre las estrellas semejantes a un árbol
y entre árboles semejantes a nubes.
Al final lo único cierto era la memoria,
tu fotografía en mi escritorio,
los días desiguales y sucesivos
en que me pregunto cómo estarás,
qué haces ahora que llegó el verano
y no estoy contigo ni con otra,
en una ciudad desierta y más desierta.
En fin, siempre es difícil hablar del amor,
aunque es mucho más difícil separarse
después de una locura preciosa;
no sé si es porque la soledad se vuelve
terca y deslumbrante,
o porque se duda del amor
y se tiene miedo a las sombras
y a las máscaras que cuelgan de las paredes,
de la brisa que esconde un cuerpo mutilado.
De seguro el amor te hizo como eras,
aunque no recuerdo como fue,
si no estás presente.
En el transcurso de mis investigaciones
me surge una nueva duda sobre el amor,
creo que se debe a tener una estrecha perspectiva,
sobre los acontecimientos, es decir,
sobre el encuentro que tuve con una mujer
o con la idealización de una mujer.
Reitero que las muestras de flores,
obsequios y demás artilugios,
no nos dan una respuesta del modus operandi
de un criminal tan sospechoso y escurridizo.
Así que he decidido seguir mis propias pistas,
utilizando un método dialéctico-deductivo
que sea eficaz y de ser posible
dar con el amor en su caverna platónica.
Por ahora, sigo sus huellas por calles y avenidas,
interrogando a cuanta sombra,
escorzo o vocal redonda
encuentre escondida en una pared
o esquina claroscura.
Sin embargo los indicios recolectados
y analizados minuciosamente con carbono 14
solo nos señalan restos de sudor, chocolate
y un perfume que no hemos logrado distinguir.
Por otra parte he formulado un cuestionario
para las víctimas, con el fin de encontrar el hotel o el banquete,
donde oculta los cuerpos desnudos.
Concluyo, por el momento,
que el amor es un asesino en serie,
un homicida que deja a sus víctimas en éxtasis
o atravesados por una marea alta.
Estas conclusiones al parecer transitorias
me indican que debo solicitarla ayuda de vos y no de otra,
para tenderle una trampa convincente,
que dé de alguna forma resultados
a esta investigación,
que no avanza entre hipótesis, folios y telegramas.
Te quiero, es mejor decirlo así sin tragar saliva
sin hacer acotaciones al pie de página
o complicarse pensando por qué lo digo,
mejor sería decirte está bien,
hagamos el amor sin ningún contrato,
sin dividir, claro está, nuestros cuerpos
en partes iguales,
todo muy legal o conyugal, además de sedentario.
Pero no, te quiero y con eso me basta,
para que entre vos y yo haya una
luna preciosa y domesticada,
y me importe un pito si dios lo quiere o no,
si la sociedad lo aprueba o no,
al final somos nosotros dos los que disfrutan el amor,
el uno contra en otro, el uno sobre el otro,
el uno cerca del otro y así sucesivamente
hasta deshacernos en polvo y estrellas.
Si te lo digo sin dudarlo es para que lo sepas
y se lo cuentes a tus amigas y amigos,
al perro y al gato, allá ellos.
Puede parecer ridículo a estas alturas,
en que me siento postmoderno, prehistórico
e irremediablemente una especie de animal político.
Pero si vos me lo decías
mordiéndome el cuello
o deslizando tus dedos como pájaros o espuma,
entonces posiblemente alguien no comprenda
porque lo escribo y según ellos debiera preocuparme
por asuntos más poéticos y trascendentes
que no caben en la sencillez con que te quiero.
No hay novedad en el poema, me dije,
sólo para recurrir a lo que ya estaba escrito,
a lo que a pesar de vos quedó intacto:
"Acuérdate de mí, corazón de otro,
cuerpo de otro, que yo me acuerdo de vos,
cuando salgo a la calle y las miradas son verdes,
y la yerba está seca y me espera la sombra."
Pero toda mi poesía está llena de páginas arrugadas,
principios dudosos y una alquimia metafísica
que imagina la noche traspasada por el alba,
y este a su vez herido por el fuego,
mientras se mezclan tus labios en la fragua,
y en cafés que se pierden
bajo la penumbra y en conversaciones inútiles.
Cómo pude pensar que el amor tenía alas,
o que eras un arcángel, una ninfa,
si solo eras un mujer que aprendió
a desnudarse cuando tenía frío,
a sonreír cuando una bestia podía defenderla
como a su propiedad privada;
recuerda que es él quien paga los recibos
y tiene el derecho a dos o tres amantes casuales
para satisfacer el ego,
o quizás, algo más superficial como su imagen
ante los amigos.
Por eso, a veces acudo a lo escrito
y siempre olvidado:
"Acuérdate de mí cuando atravieses el aire,
y descubras el éxtasis y no estés en mi boca
y ya no esperes a nadie."
No se equivoquen, yo creo en el amor,
pero me tienta la idea
de que el amor no crea en nosotros.
Seguramente esto sucede,
porque nos hemos dado a la tarea
de perseguirlo y encerrarlo en una catedral,
y ya ven, cumple una pena perpetua por acoso,
por inventar poemas y otras baratijas:
racimos frescos y cucharas endulzadas,
que da miedo el solo hecho de nombrarlas
ante un público selecto y sediento de violencia.
Por supuesto, si lo dejamos salir es muy posible
que haga de las suyas, por ejemplo,
que te dé un beso tan hondo y tan adentro,
que puedas perder la llave o la cordura
y la dirección de esa mujer
que vino y se quedó en tus ojos.
Así que es mejor mantenerlo a raya,
amarrado en el patio o la cocina,
no vaya a ser que se desnude y atraviese la ciudad,
mientras los paseantes se amontonan
en las aceras y sonríen,
porque no se comprenden los unos a los otros.
Sólo por estas razones, aunque crea en el amor,
el escándalo que pueda armar en segundos
es de tal magnitud,
que rompe con las normas éticas y económicas
en las que estamos inmersos
como pececillos de un acuario.
Y no está de más que algunos piensen
que lo que digo es una locura,
pero lo cierto es que el amor es el único cuerdo
y no hay necesidad de perdonarlo.
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