La voz del silencio



Vení. Sentémonos a hablar vos y yo; conozco un buen lugar, de esos que te gustan, donde se puede fumar sin censura, y podés estirarte, y podés bostezar…

Podemos pedirle al tiempo una botella de vino, y una copa. Y dejar la cuenta abierta por si se nos antoja algún poema, un diluvio a eso de las tres, algo de frío o, o simplemente una melodía que te permita a vos, o a mi, aterrizar.

¡Vamos! No me digás que hay mucho que hacer allá, bajo ese pedacito de techo donde creés que sos como la gente, ¡no sos más que la furia de Dios! Acordate que sos parte de ese poema de Vallejo, que termina diciendo:

          Yo nací un día
          que Dios estuvo enfermo,
          grave.

No lo pensés más y apurate, que a esta hora se llena rápido de sombras, y no quiero que hablemos en la barra, sino en la mesita que no está al sur ni al este, ni al oeste o al norte del punto a donde queremos llegar.

¿Qué hacés? No me digás que ahora tengo que esperar a que alimentes a tu cuervo que ladra, ese maldito animal sin alas que un día te adoptó mientras le cortabas las venas a tus palabras.

¡Que clase de cosita que sos!

¡Vamos! Que nos va a dejar atrás el viento, y sin viento ni hojas somos solamente eso: sombras de viento. ¡¿Y a quien putas le interesa?! ¡A mí! Yo no nací para ser la sombra de nadie, no sé vos, aunque pensándolo bien…

¡Me rindo! Con vos es imposible, pero no impensable.

Ahora tendremos que ver como hacemos para llegar allá; bueno, tendremos no, ¡tendré! porque vos ni atención me has puesto…

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                                              …

Contar hasta diez nunca me ha parecido tan eterno como cuando te metés al baño, te mojás la cara en el lavatorio, y mirás al espejo. A veces me pregunto si será que con tus décadas de lunas vistas (y no vistas) aún no te reconocés, o tal vez estés buscándote ese tercer ojo que hizo que te fijaras en mí. O quizá no sabés, y te mirás pacientemente con una sonrisa nerviosa, para ver si al fin el espejo te dice algo.

Yo te diré algo: ¡Apuraaaaaate! Que tu mascotita esta tatuándome sonidos, endemoniada y fastidiosamente en las manos, a los que vos solés resumir en una palabrita: jazz.
¿Sabés qué pienso de esa palabrita tuya? Que es perfecta para describir la consecuencia o reacción inmediata después de escucharla: zzzzzzz ¡Sí! una serie de zetas interminablemente escandalosas entre sonidos guturales y deseos que salen de mi boca, porque me quedé dormido...

Así que vamos, ¡por favor! que ya se me están llenando las uñas de sueño, no seas así…

Yo tan solo quiero que pasemos un rato, no sé si bueno, no sé si malo, pero un rato en fin, allá en el lugar de siempre, el que siempre olvidás. Que estemos allí sorprendiéndonos con lo que nunca deja de pasar: la mesera que sonríe para obtener una propina, la misma que coquetea si cree que puede cobrar algo más que un café; el tipo de la barra que eternamente limpia un cristal mientras sueña que un piano nace en su voz, y las incontables sombras con sus sombras, que llegan a fumarse mientras el tiempo les espera afuera en el descapotable que llueve de abajo para arriba, y viceversa, en raras ocasiones.

Sólo quiero un rato con vos, y que cuando nos duela la parte aquella que Dios no supo bien acabar cuando creó a esta raza, que más que raza es una epidemia; pues nos levantemos y regresemos a… A… Pues bueno, que regresemos a ese lugar de donde venimos, al que muchos llaman vida, realidad, o como ya me has escuchado nombrarle: ¡el culo del mundo!

¿Es mucho pedir? No tendrás que hacer un gran sacrificio. Sé que siempre te cuesta mucho decidirte a salir conmigo, quizás por el miedo que me tenés, que más que miedo es admiración; o por las verdades que te digo. Quizás porque después de escucharme llegás a darte cuenta que soy lo más importante en tu vida, tal vez porque sólo yo entiendo lo que vos nunca entendés y que cuando hablo, llegás a entender mucho más de lo que yo creí que vos eras capaz de entender. Lo admito, te he metido en algunos problemillas (no todos mentales) ¡pero vamos! ¿qué sería de nosotros si fuéramos perfectos?

Mirá que yo sin vos, es como vos sin yo; es como una gota de agua que te cae en la frente y no te moja, pero te cae.

Cerrá los ojos y miráme por un momento. ¿Acaso pensás que yo no sé cómo te mira la gente? ¿Que no sé lo que piensan de vos? ¿Que soy ingenuo al creer que cada vez que abres la boca es para nombrar algún silencio que vale menos que mil cuatrillones de seres de esos? No. Yo sé lo que vivís, porque yo, de una u otra forma, también lo muero. Y date cuenta de una vez por todas de que lo viviremos (o moriremos en mi caso) siempre, aunque nos cansemos e ignoremos mutuamente, porque sabés, todo al final de cuentas resulta ser nada, y justo en ese momento preciso e indomable en el que llegás a entender esa verdad de que todo es nada, entonces esa nada se convierte de pronto en un todo, pero en fin, así de filosófica es esta irreal y surrealista realidad.

Ahora sí, abrí los ojos y llenáte de azul los poros, que hoy tenemos mucho de qué hablar. Y tenemos mucho qué decidir, aunque yo creo que ya vos decidiste lo tuyo y yo decidí lo mío, sólo basta entender, vos y yo, por qué tomamos esas decisiones.

No olvidés el fuego, porque de vez en cuando se nos llenan de tinieblas las miradas, y hoy, estando ciegos, nos tenemos que mirar.

¡Vamos! Ya tengo las llaves de la puerta que hace falta, ¿tenés los pasos precisos para seguirme, para meternos en charcos de humo, y mojarnos de ruido el pelo? Espero que sí, porque en el parque siempre nos acechan y la única salida es hacernos sordos de vista, cosa que aún no aprendo de vos.

¿Que por qué no llevo mi paraguas? Pues es obvio: ¡para que llueva! Porque siempre que lo ando, debajo de la lengua, en cada esquina no hay más que simulacros de lluvia, y eso ¡lo detesto! Deseo húmedamente que tiemble el cielo, que cuando esté de color violento grite al silencio la voz… Y así, entonces, quedar al fin y al cabo congelados, absortos, hipnotizados como si la muerte nos jurara con risas que seremos inmortales; y sentir, infinitamente finito, como el dolor nos empapa, de pequeños látigos ardientes en frío, que nos van dejando rastros en la ropa, en el pelo, en la piel, y en la poesía que nos salga de la boca cuando la tengamos cerrada, al fin…

¡Hey! al menos me hubieras dicho que ya nos íbamos en ves de azotar la puerta y dejarme atrás. Parece que me estas empezando a entender…

Cómo odio esa forma tuya de creerte que estabas hablando con tu imaginación.

¿Te había dicho alguna vez que le tengo envidia a tu cama? Pues si. No hay nada más intenso que verte llegar a las sábanas, con la mirada perdida, y oírte suspirar por todo una y otra, y otra, y otra vez… No hay nada más excitante que verte solo, desnudo y pasándote la mano por tu irregular barba de dos vidas. ¿Qué por qué envidia? Es fácil… Sólo tu cama puede abrazarte y sentirte por horas… Solamente tu cama tiene el derecho de juntar las lágrimas de tus lágrimas. Sólo a tu cama le permites que te perdone.

¡Hey! Mirá aquella mujer de azul. ¡No me mirés así! Sé que los celos existen porque existo, pero creo que ella vuela, y se te nota que tu también lo creés.

Alguna vez deberías de dejar de pensar en ella como "otra", y llevártela al cielo del frío, y darle a beber estrellas, y mirarla con tus ojos tristes, y dejarte mirar por su ojo de gata.

¡Pero eso sí!, te lo advierto. Si ella vuela, y es capaz de hacerte poema en vez de verso solitario, y si puede poner flores en el jarrón roto de tus manos, y si puede aceptarte con tu cenicero en carne viva y con tu indomesticabilidad de poeta, me voy.

¡Ajaaaaa! Ahora si me ponés atención, quizá porque te hago ver lo que ella es, o quizá porque puede ser una forma de que te deshagás de mi.

¡Mirá! está empezando a llover, y los gatos llegan por primera vez a tus heridas, y el viento esta pensando en suicidarse otra vez… Los relámpagos vienen como taxis con gente estresada, y tu, siempre distraído con el atardecer…

Entremos.

Ves, si no hubiera reservado la mesa número quince desde hace un mes no tendríamos lugar. Sí, ahora ponés esa risita torcida porque sabés que es cierto, que si no hago las cosas yo, nadie las hará por ti.

Vení. Sentémonos a hablar vos y yo. ¡¿Cómo que no?! ¡¿Qué decís?¡ ¡¡¡Ella no vuela!!! Era una broma…

Cómo es eso de que… Nooooo… No te quieras matar. ¡No es posible! Te ha hecho escuchar a la voz del silencio y así, sin pensarlo dos veces me cambiás por la realidad.

Y es que no aprendés, ¿verdad? todos los finales siempre son así. Tristes, lo verás.




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Axel Rodríguez Flores.