Lejos de mi descendencia

Entre tanta gente,
tenía que escogerte.
Pude haber preferido
un verano,
un arbusto,
un cielo estrellado;
pero te escogí a ti,
con todas tus miserias y grandezas,
con tu altivez
y tu serenidad,
tan propias de un verano,
de un arbusto,
de un cielo estrellado.
Para ser tuyo,
tuve que olvidar a muchos,
y sentarme a esperarte
a la orilla del mar,
solo,
olvidado,
viendo cómo se deshacían
los celajes
y cómo la luna se cubría de sal.
Para amarte,
tuve que aprender a odiar
las estrellas,
y cerrar los ojos
para no verlas,
y apretar los labios
para no llamarlas.
Tú,
quien me ha hecho amar y suspirar,
alejado para siempre de mi descendencia.


Maldición

Que la noche, sin mí,
te duela.
Que el día
se te haga de piedra
y se endurezcan tus pasos
sobre la marchita hierba.
Que para ti no haya atardeceres,
ni celajes,
ni vuelos de gaviotas
sobre el inquietante mar.
Que se acaben las risas,
y el horizonte se te aleje siempre
entre ribazos y altiplanos quemados.
Que se te olviden
todas las palabras de amor
y la sonrisa;
y no haya nunca más en tu cama
la huella de otro cuerpo,
ni el aroma de otros muslos,
ni la embriagante obstinación del sexo.

Las huidizas huellas

Lo sabían,
tu sombra, el mar, el viento
lo sabían.
El salvaje palpitar de las olas
hacia el ocaso,
conocía mis miradas.
Las conocía.
Mis palabras,
las oyeron las huidizas huellas
de los bosques.
Las oyeron.
Todos, menos tú.
Todos menos tú
lo sabían,
que te amaba,
lo sabían,
que te amaba.


Morir Solo

Tengo derecho a morir solo,
sin curiosos
que pululen a mi alrededor.
Morir escuchando
las melodías queridas,
los versos;
viendo
las fotografías añoradas,
los paisajes idos.
Sin médicos ni enfermeras ni horribles medicinas
que en vano traten
de postergar lo imposible.
Solo,
con mis recuerdos.
Solo,
con mis nostalgias.
Solo,
con mis ilusiones.
Por compañera,
una botella de ron.
Por amigo,
un paquete de cigarrillos.
Por amante,
un querido libro.


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