El Otoño es triste como tu sonrisa

I

El otoño es triste como tu sonrisa.

Yo no sé
por qué el viento se disfraza de niño
mientras lloran en lo alto las estrellas...


II

Ni siquiera sospecho
si los celajes tienen hundida alguna pena:
sólo sé
que fría y pálida, la tarde cae
como sombra azul sobre los árboles.

El otoño es triste, como tu sonrisa
y como el recurdo de la madre ausente;
no me digas que miento,
porque vendrían a matarme
todos los suspiros del Alba.

¡Otoño! ¡Oh crudo Otoño de mi melancolía!
¡Camarada invisible de mis noches sin rumbo!


III

Amo tus vientos que desnudan al día,
porque mañana el Invierno cubrirá de sombras mi esperanza;
porque la nieve vendrá
como un fantasma a entristecerme...!


Ars Vivendi

I

Hay que destruirse. Incendiarse. Romper con los recuerdos.
Asaltar el crepúsculo. Robar la rosa extraña del jardín.
Vivr en la violencia y no en el gris. Convertir
el tiempo en pasión, hiedra sutil devoradora.
No huir jamás de la mujer ni de la poesía,
difíciles, pero reconfortables.


II

Sea densa la palabra: piedra
sobre la que se pueda edificar, no arena
para la flor inútil. Dócil muerte, al acecho.
Látigo sobre el silencio. Doncella infiel
en primavera. Vino para la noche ciega. Ventisca
y fuego para el hogar. Leve luz sobre la letra impresa.
Idea que penetra más allá del ojo, y se establece
en el aire y en la rima. Verso desnudo, dolido de soledad.


III

Sé ladrón de atardeceres. Guárdate las lluvias finas.
Y en ocasión, espléndido, regala tu ternura. Destrúyete.
Incéndiate. Vive la hora sin remordimiento.
Nada te turbe. Nada, digo, sino la hondura de vivir,
de amar, de estrase como cielo herido,
a la ventura y en la certeza de ser sólo
la llama ciega, el claro acierto del peligro,
la vida sin temor a la Nada.
Barco apenas desplegado en el mar.


Puro Asombro

Las mariposas rondan el espejo.
Tiembla el corazón, tan solitario.
En el jardín cercano
el perfume rompe distraídamente sus veleros.
El aire tiene perfiles raros. La sombra es casi aroma.
Y en toda la casa el silencio impone sus brevedades de oro.

Dentro de mí hay claridad, verano, puro asombro.
Y, claro, tiempo detenido: espuma
que nadie puede aprisionar, gotas de un vivir vivido, irreparable.

Todo vibra: las caras, las paredes, las puertas,
las mesas, las sillas y las ventanas. Los libros tan tan habladores,
el techo y el piso tan francos, todo vibra.

En reposo estoy. Miro hacia la calle. Veo las nubes vagabundas.
Recorro el día. Y me paro a esperar la noche
con los anillos del enamorado. Pienso en ella
y pienso en el mar. Pienso en el mar y estoy, de pronto,
perdido en su espuma. ¡Oh soledad sin término!
Pequeña isla de pensamiento. Día claro y quieto,
de puro asombro.


Inventario de Soledad

Hoja en blanco. Noche invertida. Rostro
en la nieve. Memoria. Rosa ciega, en botón.
Miedo. Terror a lo indecible. Miedo solo.
Aventura. Infancia. Bibelots. Carrouseles
disueltos en el aire. Calles que tal vez
recorrimos y están en algún lugar del tiempo
esperando que pasemos por ellas.
Bosque amarillos. Verano en duro invierno.

Violencia en el reposo. Ala sin ave. Pájaro sin vuelo.
Jaula derruida. Persuación de la Nada.
Altavigilia. Ojos cerrados en el polvo.
Vida que se niega a morir. Ola de esperada.
Arena. Palabra contra el incendio. Amor.
Folio. Infolio. El Todod Indescifrable.
Oscuro. Apretado. Hoja en blanco.
Inventario de Soledad.


Mural para el olvido

I

Es difícil acostumbrarse al olvido.
Hay, evidentemente, un arte de la nostalgia. Un manual
para leer en las tardes perdidas, en esas horas
en que una canción o un poema nos hacen recordar
la memoria de las ciudades antiguas, aquéllas que fueron
recorridas a pie midiendo gastadas baldosas,
deteniendo la mirada en aljibes o alquitrabes,
en relojes que el tiempo había detenido
como si se tratara de estatuas, o de pequeños
soles donde la mano del escultor adquiría ese irreparable
gesto de ayer, de otra época, otro hombre y otra mujer
asidos de la mano, andando bajo la lluvia fina, sin acogerse
a los aleros de las casas. Figuras recogidas en el cuedro
de Canaleto o Giotto, a contra luz, muy a pesar
de lo circunstancial, de lo meramente accidental y, no obstante,
presente aquí, ahora, como tú y como yo, en esta ciudad
de mercaderes a la hora en que todos esperan el bus,
o van presurosos a los super-market, a los cines, a los bares
o simplemente caminan sin vernos, sin reparar en la escena,
que algún pintor captará contra el olvido. O que algún poeta
tratará de fijar con menuda letra en su cuaderno,
en su paperbook, con la prisa que impone la hora y el lugar.


II

Es difícil acostumbrarse al olvido. Borrar
los parques y los jardines que un día fueron
nuestros. Perder, de pronto, las memorias
que levantan su sitio en alguna parte. No recordar
el anillo que me dio la abuela al cumplir los once años
y que de nada me sirvió, ni de amuleto ni de sortija
para el buen amor, pero que fue el primer regalo
en serio, el que me hizo dichoso, importante.
(Un anillo es lo más perfecto del mundo, como si Dios
estuviera exacto en él, a ma medida del dedo, del amor
de la primavera que muestra sus ardientes deseos
o el verano que enclava su oleaje de dúctil transparencia
en los ojos que cierra la muerte inesperada).
Un anillo para llevarlo siempre como una corona
para el joven que desató los lazos del amor
y se perdió en el mar, o enloqueció en el bosque
de amarillos árboles, o ganó dos reinos
y luego los perdió irreparablemente, y tuvo
en sus manos el poder de la rosa, del viento,
de la lluvia y fue más allá de lo oscuro
y comprendió, por elo, que es difícil acostumbrarse
al olvido. Aunque hablando con precisión, con medida
angustia, el arte de la nostalgia, el manual
para borrar de golpe lo vivido, sí tiene su sentido.
Es el sin sentido de lo inabarcable. La fácil
huída hacia veredas que el pensamiento crea
para el contento o desagravio. El escape
fortuito de ayer, del hoy que ya es pasado, para tornar
más suave el instante y fijarlo contra todos los presagios
en el cuadro, en el canto, en la palabra, y en esta dura
roca que pule la mano temblorosa, mientras cruza
en el cielo un pájaro de extraño color.


Contrapunto

A Silvia


Qué ingenuidad la del pájaro
en ser sólo viento.

Qué persistencia la del mar
en ser sólo espuma.

Qué dureza la del tiempo
en ser sólo sombra.

Qué maravilla la rosa
en ser sólo el instante.

Qué claridad de lluvia
en ser sólo ausencia.

Qué tortura la mía
en ser sólo el poeta.


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