La rueda infinita
Ahora, estás solo con tu vida,
han cruzado los años y medusas,
la arena se ha vertido en tu lengua
como una telaraña.
Estás solo, perdido y de pie sobre la noche,
mientras la infancia se te cae de la frente
y la sonrisa se amarga o se desploma.
Hace tiempo el sol y su cola mediatinta
ardió en tu mirada,
la tarde pálida y andrajosa cubrió tus huellas,
tu ciudad fue calcinada por el hastío,
mientras el hollín crecía en las violetas
y en las baldosas meteoro.
Estás solo, despierto, impostergable,
desnudo frente a la nada inmensa,
esperando un no sé qué en la otra orilla.
Has acabado tu camino,
el reloj se amotina contra el día.
Ahora, estás solo con tu muerte.
Testamento al pie del aire
Sí, es tarde y yo me voy quedando solo,
adefesio, lumbrera o laberinto,
y yo me voy con mi dolor,
mi ángel, que desnudo, se acicala.
Sufro entonces de lluvia bajo herrumbre,
al pie de árboles o espuma,
bajo la fuente que teje su ponzoña.
El amor se fue por esta calle,
por este parque el día transparente
y la esperanza aquí dejó su huella.
Ahora, sufro el aire y la ventana,
el dolor es lujuria o escorpión,
quizás un sueño que se quema en esta esquina
y en esta puerta donde llueven violetas.
Me duele aquel silencio,
aquella sala donde crimen y dulzura
son lo mismo,
donde nadie espera más a nadie.
En el Jardín de los Crisantemos
Si me buscas, me encontrarás escribiendo este poema,
buscando porcelanas chinas en el alma,
untándome de lluvia y corazón.
Estaré no muy lejos de la sombra,
haciendo garabatos y silencios,
buscándome una tumba con gladiolos
en una tierra seca y primordial.
Estaré conversando, haciendo bromas,
leyendo cuanto libro se edita en el tintero,
dejando grafitos por el aire.
Si me buscas me encontrarás con un cigarro,
viendo dormir la tarde y el recuerdo,
escuchando música barroca,
mirándome en un cuadro de Poleo.
Me encontrarás figurándome la muerte,
la lluvia tan alta y tan desnuda,
besando el amor en sus dos pechos.
Si me buscas será tarde, ya muy tarde,
y no sabrás que hice con la vida.
Elogio a la Amargura
No me perdonan que sea diferente
y haga un mundo a imagen de la sombra y la mirada.
No me perdonan que mi palabra,
como un puñal dispuesto a clavarse
en un cuerpo melodioso,
cante por sus calles impuras y solemnes.
No me perdonan que mi alma
sea el crepúsculo o la doncella
y se desnude como una flor a punto de parir.
Así que dictan norma a la belleza
y en terco retoricismo apuñalan la verdad
inexpresable,
buscando hallar en mí reminiscencias de otras voces,
de otros mundo imposibles y perfectos.
Con tradición y costumbre asesinan la dulzura,
el verso fuente, la brisa tigre
y el corazón que exprime de un fondo la tristeza.
Con frases hechas a su hechura
destruyen lo que amo;
la ventana, el escondrijo, y el arcángel caracol.
No perdonan que hable con tu voz
como quien habla con un lejano amigo.
Por eso, sigo solo como tú,
mirando el olvido a que me condenan
los dioses y los hombres.
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