Robé tu mente al pronunciar tu nombre,
que posesión mi júbilo proclama;
no hay mayor propiedad, ni aun cuando
el hombre se apropia de la piel sobre la cama.

679

Son las calles arroyos de apatía,
y en desamparo voy, y en desaliento,
solitario soñando compañía,
desdichado gimiendo con el viento,
incapaz de escuchar tu melodía,
de ti nostálgico, de ti sediento,
y en cada transeúnte inesperado,
me hace pensar que estas a mi lado.

418- El Fin

Llego el tiempo, verdugo insobornable,
y ajustició al amor que ambos tuvimos;
ambos, como él, un tanto sucumbimos,
y a tus ojos, tal vez, soy culpable.
Arbitrario el destino es, y mudable,
si disfrutado ayer, hoy le sufrimos;
cuanto logramos, cuanto decidimos,
antes de hacerlo se hizo inevitable.
Muerto ha mi amor. Si enamorado un día.
parte fui de una ardiente fantasía,
esta en mi alma ya se ha desvanecido.
Mira hacia atrás, archiva nuestra gloria
en aquel viejo anaquel de la memoria,
y rescátalo un día del olvido.

Partida

Una tarde será, no un claro día,
cuando la luz agota su trayecto,
durmiéndose en la almohada de la sombra,
que bordarán los hilos del silencio.
Una tarde será, no en primavera,
cuando los ruiseñores hayan muerto,
y el bullicio colgados de las ramas
se desplome sin fuerza sobre el suelo.
Una tarde será, de niebla densa,
de fina lluvia, de sereno invierno,
cuando todas las puertas se hayan cerrado,
y el campo insomne permanece quieto.
En ese instante, en tu reloj de arena,
caerá el último grano, mientras duermo
en mis alas plegadas, inconsciente
de que en otro país, lejos, muy lejos,
has iniciado un viaje sin retorno,
desplegando tus alas en el vuelo.
Y quizá al despertar ya no me encuentre,
carente de sentidos, como el viento,
mi organismo absorbido por la fuerza
de un torbellino que no invadiera el sueño.
Has de partir un día, imperceptible,
tenue, aromática espiral de incienso.
Caminarás sobre las blancas nubes,
dejando atrás el lastre de tu cuerpo,
y al buscarme entre extraños,
no me hallarás, porque me llevas dentro.

591

Debo arrojar mis labios, que no pueden besarte,
y estos ojos tan ciegos de no poder ya verte;
debo arrojar mis manos, que no logran tocarte;
debo arrancarme el sexo para que no despierte,
porque si despertara sin conseguir hallarte
volvería a dormirse en el sueño de la muerte.
He de arrojar el alma a los lobos del olvido,
que no piense que existes, ni sepa que te has ido.

Mirarte

Con los ojos abiertos no te veo,
lejano amor que mi contorno invades,
pero al cerrarlos, cómo te rodeo
en abrazo que ahuyenta soledades.

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