El amor es un asesino peligroso
Nunca se sabe
cuando el amor va a dar en el blanco,
por eso cuídese de la noche y de las enaguas cortas,
ponga los cerrojos y empuñe un relámpago,
un cigarrillo, un lirio artificial.
Si se encuentra con la mujer, no le diga que sí,
ni piense que desnuda se vería
como una ninfa o pantera.
Sea prudente si es necesario abordar sus labios,
morder sus pechos antiquísimos,
escucharla, decir que lo ama,
que lo tiraría todode no ser por la luna llena.
Espere atento a que dé el primer paso,
después todo sucede en segundos,
cuando se acerca y lo acaricia y lo mima,
y le recorre debajo de la piel
y mucho más arriba de la piel.
En esos momentos, tenga cuidado, puede que
usted descubra que es una alimaña homicida
que lame su cuerpo a tientas
bajo un claroscuro.
Esté despierto y aguarde,
no vaya a ser que el amor dé en el blanco
y la única víctima sea usted.
El eros único
Solo una vez se ama a una mujer,
solo una vez se encuentran los cuerpos desnudos,
tangibles, sin memoria.
El viento en la ciudad los arrastra
en direcciones opuestas al deseo,
el aire equivoca el cuarto transparente
donde se recorren como nubes y relámpagos.
Los labios no lo saben, pero las palabras
que entrelazan los cuerpos son musgo,
música,
rueca solar.
No hay sitio para la noche,
cuando las sombras se mezclan con el aire,
y arden como sándalo,
como el neón anclado en el crepúsculo.
El día puede seguir por el azul glacial,
por abismos o huellas mutiladas,
mientras el viento acaricia la soledad redonda,
porque solo un instante los cuerpos son hermosos
como el aire que gira
delicado y deslumbrante,
solo una vez es posible encontrar
cuerpos destrozados,
ángeles huyendo de sus propias sombras.
No es un juego
No me juegues una mala pasada,
no me pongas trampas ni acertijos,
no lo olvides, soy solo bueno a ratos,
cuando tu cuerpo se desnuda
y nos encontramos en la sombra,
en el temblor de estrella y labio roto.
No me preguntes qué paso entre los árboles,
si algo sucedió después de la música y el vino.
No dudes de la caricia
a la sombra de una enredadera,
a la sombra de una película muda;
si no se vive ahora
habrá gárgolas y nubes,
quizás, otras máscaras
para ahuyentar al amor por oscuros pasadizos.
No pierdas más el tiempo
entre ceños sórdidos y miradas súcias,
entre amistades falsas.
Esto no es un juego
y de eso puedes estar segura.
La camarera amada
¿A qué hora sales, muchacha?
¿En qué poro te estremece la luna llena,
la caricia y los parques imposibles?
Sírveme un chocolate,
una servilleta sucia con tus labios.
No me des las gracias,
ni me digas que espere mi turno
entre centauros y corbatas.
No te quedes mirándome de lejos,
como si fuera un extraño
a quien el amor condena a mirarse en tus ojos.
No juegues al azar,
no invoques la dulzura,
que vengo amargo y solo del cielo insondable
de una esquina equivocada
y la lluvia canta en las paredes
y no tengo ganas
de jugar al gato y al ratón.
No pienso en la mujer desnuda,
ni en la paloma que se escabulle al crepúsculo.
Aquí no quiero más que tu cuerpo,
a punto de hacerse silueta y amapola.
¿A qué hora sales muchacha?
No me importa, te aguardo junto a la sombra,
aunque sea solo por esta noche
y nada más.
La mujer ausente
Cuando vengas a recoger tus cosas,
no olvides la sonrisa,
la música que te desnuda y canta,
mientras queda sudor en las huellas
y en la alfombra solar, donde juntos
hicimos lo que hicimos.
No dejes la dulzura en el mosaico,
ni la luz cuadrada,
ni siquiera tu foto en mi escritorio.
Cuando cierres la puerta,
olvídate del mar y los paseos clandestinos.
El amor no será otra vez un atardecer
que se desliza ardiendo por tus labios.
Estaré bien cuando te vayas,
y en aire sea denso y cancelado,
y el lecho esté vacío como siempre
y como nunca.
Cuando te marches, no regreses,
por el deseo que hierve en torno a la alegría,
por la caricia redonda
o el beso prolongado.
En este sitio, no caben más recuerdos.
La Escritura Infinita
Escribir para llegar al mismo sitio,
escribir no una, ni dos, ni tres veces,
para dar con el pecho en tierra,
porque sí,
porque no se puede hacer nada mejor,
porque se está sólo y cansado.
Escribir para que nos escuchen las palabras,
para que se vayan al abismo,
para olvidar el labio que besa la tinta,
la mirada como un molusco o puente
como el único paso entre la luz y el viento.
Escribir porque falta la mujer, la muy dudosa,
porque sobran los amigos,
porque las manos se inquietan
como perros en plenilunio,
porque nada nos prodiga más dulzura
que un verbo en movimiento.
Escribir para los conocidos y ausentes,
para los amantes clandestinos,
para aquellos que engañan a la aurora
y no encuentran en sus pechos
la verdad de un hombre solo.
Escribir por gusto y tristeza,
por todos y para nadie,
mientras se repiten los días en la casa
con el mismo huésped diferente.
Escribir como quien se quita la ropa.
Como quien nunca ha salido de su sombra.
Las lectoras amorosas
¿Porqué las mujeres sólo nos aman cuando
escribimos?
Puedes decírmelo sin caer en la lluvia,
sin escabullirte entre palabras
que se repiten una y otra vez en el papel.
¿Temes acaso a las manos cuando sueñan,
cuando acarician un torso desnudo, una mariposa,
la noche que se desliza por tus ojos
como una gata temerosa?
Yo puedo decirte que las mujeres sólo nos aman
cuando sumo días posibles sobre noches imposibles,
cuando te pregunto en que sitio
el viento te hace el amor
como un amante tenaz y reluciente;
por qué te gusta leer las palabras
que amontono como hojas secas y retratos.
Alguna vez, has pensado que las mujeres
sólo nos aman porque escribimos,
porque sobre la tinta muda vamos dejando huellas,
cancerberos y sílabas redondas,
que nunca somos quien aparece en el poema
o que de verdad se parece a nosotros.
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