El suicida dice…

Un estallido aturde
mi cabeza a las once
y un laberinto oscuro
crece hasta el infinito,
ante mis ojos húmedos,
marchitos, tan perdidos.

No me cura el calor
del pecho de mi madre;
la fuerza de mi padre
no puede sostenerme;
son vanas tantas cosas
y... sin embargo hay otras
que me cargan el pecho
de una inmensa sonrisa.

Queda un instante y vivo
los años de mi vida,
redescubro momentos
felices de otros tiempos.

Sobre el charco carmín
brego por levantarme.
Estallido, once y uno,
todo dice: ¡Ya es tarde!.

Desde un lugar oscuro,
aterrador, infame,
laberinto sin luz
que da a ninguna parte,
mi voz, ahogada en sangre,
pugna por ir a hablarte,
pedirte: ¡No te rindas!...
Pero son once y dos,
y ya no puedo,
es tarde.


La sabiduría de ellas

Ellas saben que ellos
las devoran con la mirada;
que sus faldas no las cubren
de los deseos ardientes
que despierta la ilusión
de poseer sus cuerpos;
que sus senos son más
llamativos que el oro;
que sus nalgas pueden regir
el destino de los pasos de ellos.
Ellas saben que su fragilidad seduce;
que sus cadenciosos bamboleos
establecen nuevos ritmos
en los corazones de ellos.

Pero no quieren saber que,
aunque les prometan el cielo,
las más de las veces,
serán meros objetos balsámicos,
ánforas que recibirán agua impura;
que sólo algunos pocos estarán con ellas
amándolas con ternura,
como si fuera para siempre.

Por eso ellas sufren
fugaces amores,
falaces pasiones,
duros desencantos…
porque hay algo que ellas
se niegan a saber.


Separación

Recostada en su hombro izquierdo llora ella;
con su mano diestra el pelo le acaricia él;
parece que la vida dejó de serles bella
y abrazados despiden al amor que se fue.

Mañana, cuando viejos los delate el espejo,
pensando ella en su vida y en su vida pensando él,
este joven momento los unirá de nuevo
y gozarán el tierno amor que hoy se les fue.


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