Carta Primera

Estimado amigo: sabrá que no he puesto
la pluma en remojo,
aunque el invierno se colgó de una osamenta,
le cuento que los señores de la ley
han acertado en que el vómito de un muchacho
da asco a estas alturas,
mientras la tristeza y la soledad gotean
de la ropa tendida en el patio.
Por si fuera poco, la amargura ha trazado el humo
de mi último cigarrillo,
y en el café de siempre
ya no me fían un par de tostadas.
Por otro lado, he debido hacerme un horario
para que los minutos dejen de burlarse de aquella
metáfora,
en que los pescaditos de oro medallaban
su hasta entonces.
También le cuento, que a pesar de encontrarme
tan resentido los lunes,
escribo un ensayo sobre la marea baja
y un monólogo donde autorizo
a que el viento me despeine.
Además, ya no busco al Che en esas elegías
llenas de mandrágoras,
sino que me la paso mirando a las muchachas
y haciendo poemas de amor
donde lo único que me resta,
es aprender a rimar un vidrio roto
y el hielo de un trago a medianoche.

Carta Segunda

Estimado amigo: que le vamos a hacer,
si la ciudad se llena de máscaras y colas de caballo,
y usted aprende que está solo,
mientras el amor se esconde en la sonrisa
y en las calles enterradas.
Yo estoy bien y justo ahora enciendo un cigarrillo.
Enumero poemas, cartas, sueños,
juego otra partida de ajedrez
con la muerte o los amigos.
Recuerda cuando me dijo que la noche
siempre se nos cuela por la hendija más dudosa,
cuando me aseguró que buscar a una mujer
no podía ser entre nubes,
bajo la alfombra azul o en el espejo,
y usted sabía que entre los amantes
nada es cierto ni definitivo.
Yo entonces estaba bien, aunque algo mordaz,
sobre todo después de un aguacero,
después de una taza de café y una promesa.
Ahora, estoy bien como puede estarlo
un hombre solo,
como puede estarlo cualquier hombre,
así que no se preocupe por nosotros,
pues solo espero a que el invierno
me encuentre bocarriba.

Carta Tercera

Estimado amigo: perdóneme si no escribo cada día,
pero las palabras a veces se me enredan
o agonizan en la luz,
cuando las caricias se arrastran por el aire.
Solo puedo decirle que me encuentro en San José,
aéreo, funeral y monorrítmico,
que ayer fui otra vez al parque,
donde la memoria pasa lenta entre la brisa
y una niña se borra entre los árboles,
como la amargura que crece por la piel
bajo el liquen o el sueño.
Recordé a la muchacha que asesino la música barroca
aquel día gris y equivocado,
cuando las hojas caían de las hojas
como nubes o medusas.
A pesar de la tristeza escogí el sitio
donde el amor fue atardecer,
pájaro ebrio y cerradura,
donde escogió ser cadaver entre la niebla densa.
Si usted me acompañara
se daría cuenta de que mis palabras
no son duras ni violentas,
que la ciudad alberga cuerpos esbeltos
como puertas cerradas,
sabría que la soledad sabe a silencio y herrumbre
y que en esta tarde,
es la única verdad posible.

Carta Cuarta

Estimado amigo: por desgracia su carta se extravió
o viene lentamente cruzando algún océano.
Sigo mi vida como siempre, rutinaria y ritual.
Escribo poco, casi nada,
aunque la tinta invade las hojas
de arabescos y paisajes,
y el deseo se me queda en las manos
como una cosa sucia y desusada,
mientras la tarde es gris y tiembla en las paredes.
El crepúsculo es un gesto ambiguo,
y el amor se pasea con una máscara sonámbula,
alrededor de una fuente sobre un fondo escarlata.
Recuerdo a una mujer,
mientras la luna gotea en las cortinas,
y la ventana oculta algún obsequio
apartado hace meses o centurias.
Usted me entiende
cuando le digo que hace falta una muchacha,
una luz en esta calle sin salida
ahora que la lluvia pasa por la calle
y la amargura se me agolpa en la mirada.
Ahora, que domino el corazón,
a pesar de las piernas de mi amiga
y sus labios haciendo mariposas,
porque dudo encontrar el amor en las palabras
si la soledad fluye por el aire,
y estoy seguro,
que va a manchar la esperanza.

Carta Quinta

Estimado amigo: debe darse cuenta,
de que la madrugada es una taza de café a solas.
De nada sirve el amor, las cartas, las estrellas.
De nada sirven las palabras graciosas,
titiriteras, huecas.
Las palabras apenas sirven para llenar
un espacio vacío,
la mirada que siempre nos traiciona
con caricias y promesas.
Ayer, vino esa amiga suya y se guardó la amargura
las palabras obscenas y amarillas.
Se guardó el desprecio, la soledad
y quien sabe cuantas cosas amargas y estrechas.
No sabía que decirle, pero le dije lo de siempre:
que el amor siempre muerde en el fondo,
en la piel más familiar y cotidiana,
que debía olvidarse de las hojas secas,
los perfumes y las cintas prohibidas,
olvidar que el deseo pasa por el paisaje
y nos arrastra a una isla en la nada,
a una ciudad en ruinas.
Pero usted sabe lo difícil que es decir ciertas cosas,
cuando el cuerpo es apenas un cadáver.

Carta Sexta

Estimado amigo: el tiempo duele como el tiempo,
y su dentadura nos devora,
nos consume lenta y sorda,
mientras la vida fluye en la intemperie,
mientras la vida fluye más adentro.
Pienso la soledad y la memoria recobra
una muchacha del paisaje,
un cuerpo fresco después de la lluvia
y mucho antes de los astros.
Busco su recuerdo como quien mira el amor
y su grupa haciendo una ramazón alucinada,
como quien espera un sueño,
una luz desanuda alrededor de la luz.
Estoy áspero y dulce
y se me triza la mirada sobre el aire,
donde solo caben la luna llena y los cipreses.
Llueve y el frío me carcome o fatiga, da igual,
el cielo es una urna
o un fósil amarillo.
Sé que algún día voy a encontrar un cuerpo
antes de que el reloj pierda la cuenta.
Voy a regresar como un hombre
a quien el crepúsculo acaricia en el regreso,
entre la niebla inútil y perversa.
Es un deseo, lo sé, pero el tiempo
se confunde en segundos con mi sombra,
y por ahora, no sé cuanto tiempo
me queda en el bolsillo,
pues espero de un momento a otro
el golpe exacto.

Carta Séptima

Estimado amigo: casi puedo decirle que mi vida
pende de una telaraña y recuerdo a una mujer,
una casa donde las mariposas
ya no pueden hacer el amor.
Ha sido un mal tiempo (usted lo sabe),
después de la amargura solo queda la soledad,
el cuerpo en pie sobre la sombra.
Solo se descubre el olvido
a que nos condenan las palabras.
Sí, ya sé que a veces da miedo sonreír de buena gana,
cuando la tarde se diluye en sueños
y la luz pasa por las manos y las deja oscuras;
resbala por los pómulos como un presagio;
se extingue entre la yerba negra.
No se sabe si la muerte es un arcángel
o si el amor solo vive en cuerpos jóvenes
que oscilan entre el deseo y el hastío.
Además, no se puede nacer de entre las piernas
de una muchacha,
de un sexo violento y homicida,
si la esperanza equivoca las caricias y el sudor
sobre una geografía fantasma.
Si la tristeza se oculta bajo el pecho
y no piensa salir al aire,
aunque le ofrezcan un paraíso entre la sombra.

Carta Octava

Estimado amigo: sin duda usted estará en México,
Líbano o Madrid. Mira las calles que se pierden
por estrechos claroscuros, los museos
donde se exhibe el dolor como una marioneta.
Mira una ciudad barroca a través del esplendor
de una selva intacta,
de una aldea paralela a la intemperie.
Y yo, de pie, espero frente al muro
donde la muerte entona su última elegía,
su única promeza entre anillos nupciales y guirnaldas.
Yo me encuentro frente a la soledad,
bajo la lluvia que enmudece la voz más primitiva,
entre los árboles y la sangre subterránea.
Me encuentro frente al aire,
frente al amor ajeno que pasa por la calle.
Estoy contra la pared como hace cinco siglos
y mi rostro me condena a la trsiteza.
Amigo mío, espero su llegada
bajo esta noche acuática en que duele la amargura,
en la piedra que se encoge de alegría,
pues usted se halla lejos como siempre.

Carta Novena

Estimado amigo:
ha visto cómo muere el día en la ciudad,
cómo agoniza el viento en la cortina,
cómo la memoria sepulta recuerdos y centellas.
Sigo escribiendo lentamente a los amigos,
mientras la luz se borra en la mirada.
Doy de lo poco que tengo algún poema,
alguna tarde donde el amor
no pudo ser un sueño.
Ha muerto la dulzura entre las manos
y la piel aún exhibe quemaduras,
mientras el cuerpo olvida que la sombra
se parece a un arcoíris,
a una red para cazar mariposas,
y alguien sonríe de su dominio sobre el aire,
mientras me deshago de un rostro en la basura
y miro el cielo derrotado como un bulto amoroso
que pasea por las calles.
Ha terminado la música cercana,
y el silencio es apenas una yedra
que se aferra a las paredes,
a la mirada y a la noche.
El amor ha muerto como muere la soledad
entre pájaros que arden por el alba.
Ha sido enterrado el mundo, amigo mío.
Mas no importa,
sigo esperando afuera,
la verdad más próxima a la vida.

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