A Andrea Fuentes Farrulla
Debo poner punto y aparte
y corregir la coma de aquel beso,
agregarle puntos suspensivos
al verso de mis manos bajo tu piel.
Poner en mayúscula
el trote de tu respiración entre mis piernas,
tildar el temblor de mi voz en tu sombra.
Hay que poner punto final
y escribirnos
en otra posición.
Abril es el inicio del libro,
una metáfora que nace entre la humedad de la página
y la luciérnaga en los ojos del lector.
Es una silueta del silencio,
un gato que atardece en mi nombre
y casi siempre
los puntos suspensivos de un beso a la distancia
La tarde llega con incendios de lluvia,
puebla con las sombras del viento
al boceto del parque que se lee en mis manos.
Algunas veces sacrifica grillos
para que el frío se extienda
como una costumbre del incienso...
Aún ignora que es una lengua antigua de ti.
Esperar es una cicatriz
que colecciona perfumes de sal,
una primavera de veintidós horas
que se herrumbra en un whiskey
aún tibio.
Suele ser un cristo en una flor de loto
Por las noches, la rutina de una lágrima
en una guerra empatada
con tu rímel y sus sombras
I
tu nombre sabe
en el filo distante
a eco de luna
II
Dios te inventó
para que los poetas
lleguen a servir
III
melancolía:
el rastro azul que dejas
cuando te vas
IV
mecen mi nombre
las olas de tu boca:
¡hazme tormenta!
V
tu cintura arde
en plenitud conmigo:
el silencio mira…
Noviembre se acerca
poco a poco
a la soledad atardeciente de mis brazos...
Tu ausencia en las horas
crucifica pájaros de agua
en el cielo de mi cama;
vuelve!
ayudame
a que suspire la noche...
Llovió fuego en el lomo del ocaso,
en los azules heridos
y desgarrados
de la soledad porteña...
No importan los cisnes de mármol
ni los unicornios de arena hechos de besos,
tampoco los dragones metálicos
que nacieron de tus brazos en mi pelo...
Ya no...
Sólo la lluvia de adoloridas gaviotas,
de cipreses anaranjados
goteando recuerdos
suspiros que se disuelven
desembocando
de la tinta al papel...
Entonces
gotean las gaviotas
en el mar de mi boca,
gritos que se disuelven
en el ocaso agridulce
de la falsa y ansiosa despedida.
Besas mi cielo
desplegando una marea de mariposas azules
y fuego
Has abierto el verano
dibujando mis formas con tu lengua...
Los graznidos se confunden
con los marrones celestiales...
El hielo arde...
El eco de tu sexo sigue campaneando
en mis ojos:
mártires de tu desnudez,
brazas ingenuas que vuelan de tu cuerpo
al elixir que se me derrama por los dedos...
Cúantas muertes esta noche...
Cúantas...
A Leyla Cornejo Farinhas
Felina tu lengua
que deshace, desangra
la presa escondida en mis labios
Un festín de dolor ansiado
al ocaso de las horas...
Surcamos la infinitud de la piel
azotada por pasiones dignas del desierto.
Luego silencio,
suspira la noche...
A Mariela Jiménez Gutiérrez
Desnuda cabes en mis manos
como un caracol
en el mar de mis silencios;
en las olas desesperadas de mi boca.
te abates
hoja de mar.
En la arena,
el naufragio de tu vientre
surge como isla poblada de mariposas,
de paz.
Desnuda eres balsa en mi voz
salvación de mis ojos inconclusos
en el húmedo resplandor del sol en tu piel.
Una tormenta impuesta
al faro de mis versos.
Es salvaje y exhausta
la dicha de tenerte.
Desnuda
azotas como enigma,
un quejido distante y necio,
un eco
vestido de azul...
Caen las hojas de la vida
y revolotean en los parques
azules del ocaso...
A veces
se pierden en la voz del campanario,
en los faros que se asoman tímidamente
por la edad de las piedras.
Cuando llevan tatuajes tristes
se refugian en galerías de arte
o talleres de poesía,
pero nunca se esconden...
Siempre quedan a la vista
de los melancólicos,
esperando ser transformadas
en papel mojado.
Se prolongan en el cielo
las horas del ocaso,
se disuelven con las nubes
los azules y celestes:
nacen mariposas de fuego.
Vuelan,
dejando estelas naranjas
-rojas a veces-
mientras en el parque del silencio
se evaporan infinitamente
los árboles tristes del viento.
Cerca del final
el campanario dicta sentencia
y desaparecen,
fecundadas por melancolía de tus dedos...
Infinito el momento entre día y noche
donde se ensucian las pinturas del cielo
y se derraman por el horizonte
formando desastres
de gaviotas y silencios.
Tan prolongado
y etéreo
que un suspiro lo pudre
en la enorme humedad
que sangra del costado cenizo
con sabor a ti.
Me iré con el viento,
con la tempestad tímida y violenta
que gotea silencios en mi piel.
Escondido,
aguardaré en el ocaso
en la soledad
de naranjas con celestes.
Me iré de donde nunca estuve,
a donde siempre vuelvo
y que no recordaré...
Con los grises de la lluvia
tomaré una taza de tu ausencia
con aroma a café.
Y fumaré los minutos
fecundando servilletas con la tinta del adiós...
Me iré como ese suspiro falso
que sangra por tus labios
cuando te vas casi a las 6,
así como si nada,
así me iré.
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