III

Tengo preocupaciones, ruidos, gastos,
trabajos que no son los que me gustan,
sed de vino, de amor, de lejanías,
deseos, deudas, nervios extrafinos,
tristezas como patios coloniales,
pero me escapo por una ventana,
me encierro a terminar esto que traigo,
solo, sin prisa, no para afeitarme,
sí para hablar con otros que tal vez,
o muy probablemente sientan gusto
en ver como me tiro de cabeza
aquí, sobre estas líneas, mientras ladran
los problemas con todas sus jaurías
y encienden sus aceites los poemas.


IV

Alegre estoy, pues voy a hacer mi canto.
Otros se alegrarán con otras cosas:
cuidar la arruga del orgullo, el nombre,
y condecoraciones, timbres, yelmos.
Ese cuerno de júbilo no es mío.
Lo escucho, pero no lo confecciono.
Casi lo admiro, siempre que esté lejos.
Me espera un libro que voy a escribir,
me he despertado con un gozo enorme.
Otros se han levantado con la idea
de fastidiar con esto y con aquello,
ir a los bancos, visitar sus uñas.
El banco mío es de corales verdes,
y alegre estoy: me espera la poesía.


XXIX

Clara, limpia, de espaldas al pasado,
puntual como las siete en la ventana,
luego de haberme dicho tanto tiempo
notas sutiles, ágiles misterios,
regresas a mis manos y te siembro
en las fertilidades de la lluvia.
Vuelves a mí, poesía, testimonio,
principio de mi vida y de mi muerte,
llena de sol, completamente nueva,
estrenando luciérnagas y estilos.
Y yo, como si no te conociera,
mudo, asombrado, tímido cual joven
que por primera vez mira el deseo,
poco a poco te voy enamorando.


XLVIII

Siempre, siempre el amor y su luz deslumbrante,
la rendición total, el mar de una mirada
profunda, traducida por las lenguas del fuego.
Yo esperé, yo perdí, yo abrí nuevos espacios
a la vida, a la pasión y sus hondas espumas
y no hallo mejor forma de atar mis pasionarias
que escribir en la llama propicia de los amantes.
Llama o aposento del día, secreto delicioso,
almohada que las plumas bordaron, extasiadas,
oh canto, oh cinta de rabe y crisantemos
en donde tantas fuentes han bañado sus lágrimas:
te presento las cartas credenciales de mi alma.
Acompáñame. Te doy esta flor melancólica,
y mi animal sutil, y mi copa de olvido.


CXLII

Y así, de tanta espina y atadura
con fantasamas, con filtros, con parientes,
con vuelva usted mañana y hablaremos
y otras calamidades y abluciones,
quedé solo, rompí los institutos
y me lancé a buscar un poco de aire,
a cultivar la tierra de mis uñas
y a copiar la ternura de mis huesos:
la propia libertad en la palabra,
el conocerse dentro de la obra,
la reconciliación en la poesía,
sin patria, sin familia, y sin que nadie
pueda alzarme la voz que he trabajado.


IX El distraído

La verdad es que no me acordaba de vos.
¿O sí? Bueno, me parece haberte dicho
que no acepto tu lejanía inconcebible.
Ya sabés que si no te escuho ni te despierto
si hablo de otras cosas que no son las tuyas,
es porque te llevo dentro de mí, como el alma,
a quien respiramos sin darnos cuenta.
¿Te acordás? Un día, cuando éramos novios,
pasé a tu lado sin mirarte,
como si fueras una extraña,
y todo porque venía pensando en vos.
¡Qué extraño! Ahora has vuelto a pasar a mi lado
y no te veo, pensando en lo que escribo.
Perdóname. Ya sabés cómo soy de distraído.


XVIII Habla el solitario

Soy yo, el solitario,
incapaz de amar por haber amado.
Solamente me escucho.
Fechas y circunstancias fueron desposeyéndome,
fueron haciéndome sin nadie.
No quiero verte. No puedo amar.
Lejos transcurro envuelto por todo lo cercano.
Clausuro mis oídos y continúo oyéndote.
Más me golpéa tu nombre si no lo pronuncio.
No estás. No eres. Pero avanzas rodeándome.
Hasta mí llega el sonido de los que se aman,
de los que como el mar se precipitan a las rocas.
Ah, ruido destructor para mí, el solitario,
hecho de manos y labios no compartidos.


XIX Monólogo del suicida

La fatalidad me conmueve: sé que el horror es bello.
Espejo, me estás mirando y sonríes
porque conocés la verdad de mi júbilo.
Voy a desarmar intocables mecanismos, y gozo.
Dioses, sabedlo: he burlado a los Lores del alma.
Mañana derramaré consumaciones en el mundo
y el triunfo de este deseo se alzará, ya sin cuerpo.
Nadie es capaz de conocer tan omniciente alegría
nadie podrá detener el relámpago de mi diestra.
Desde que nací, un punto de cerebro ha vibrado,
llamándome. Ahora, tardío pero eficaz, acudo
a la cita completamente libre, para desposarme
con aquella desnudez absoluta del frío
en donde los ojos de par en par anunciarán mi fuga.


XXV Fidelidad reiterada

Atardece y la obra no cesa. Es por algo:
las hadas y los demonios impusieron una orden
cuando la vida me depositó sobre el mundo
como un pequeño envoltorio; obedezco esas fuerzas,
y acosado por deslumbramientos escribo.
Una vocación perdurable lo fugaz perpetúa.
Por eso ahora -ante la belleza o el deseo,
ante la muerte que nos araña enamorándonos-
voy instituyéndome, secuestrado por tales designios.
Los años huyeron como pájaros hechizados.
Pocos ya quedan, mas la gracia del canto
-cuya naturaleza no comprendemos-
como una enredadera continúa invadiendo
mi voz, que los terrestres júbilos instruyen.


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