Flor seca
A solas, en su salón preferido,
el joven se cuestiona su vida.
Sabe que ha sido plena,
inclusive para su edad.
Quienes le rodean dicen
que sus logros son abundantes
y envidiables.
Sin embargo le parecen
triunfos vacuos (¿son triunfos?),
pues ha perdido la causa y el fin.
Ha perdido a su amante,
la única persona que daba
sentido a la vida,
a esa vida que ahora
se ahoga en penumbras.
El joven ama
pero ya no es amado.
Sufre en la soledad
de su nueva prisión,
pues ya no quiere ser libre.
Prefiere el encierro,
hacerse eremita,
quitarse de la
sociedad humana...
Su cárcel está construida
con pensamientos,
y las cadenas son palabras...
Lee, bebe, fuma;
busca consuelo
sin esperanza.
El hambre le ha abandonado
también.
Y su corazón se seca
poco a poco
sin que se dé cuenta.
Ya no habla, ya no escribe.
Apenas sueña con los días
felices de antaño.
Y a semejanza de las rosa
que murió en el florero,
el joven se inclina sin vida
(y piensa en la amada),
abrumado por el polvo
del inexorable tiempo.
Mutismo
Cuando no queda mucho que decir,
cuando la lengua enmudece, atada,
y la mente permanece en blanco,
entonces mis pocas esperanzas
vuelan hacia ti, amor mío.
Recuerdo aquellos días, ya lejanos,
y nuestros primeros encuentros.
Viene a mi memoria ese primer día
en que llegaste a mi vida,
y te sentaste entre gente extraña,
que te hablaba y deseaba conocerte.
Salíamos juntos. Íbamos a un café
o a caminar en algún parque.
Compartíamos el pan y el vino,
como Cristo y sus Apóstoles,
y el tiempo se iba de nuestras manos
como arena entre los dedos.
A veces lloraste en mi hombro
y yo te consolé, triste por tu llanto;
a veces lloré en tu pecho
y me consolaste como sabes hacerlo.
Tú ibas a mi trabajo y yo al tuyo,
para seguir compartiéndonos.
Y así pasaron los años...
Pero llegó el día en que los actos
se vuelven memoria,
en ocasiones dolorosa,
y la piel y los besos
se transforman en evanescencias.
Partiste a buscar nuevos destinos
-tu propio destino-, aunque nos quedamos
con un puñado de huecos como herencia,
y dos fotografías tuyas, que te hice
en nuestro único viaje
de amantes que fuimos.
Y pasaron más años....
Hoy que mi vida se agota y se gasta,
como plumas ajadas por el polvo del mundo,
pienso en ti como sólo remedio para mis males.
Tus ojos brillan en mi memoria
al igual que el agua bajo el Sol de mediodía.
Tu dulce voz canta en mis oídos como otrora,
y tus cálidas manos me acarician,
semejantes al humo del último cigarrillo.
Hoy calientas otro lecho -¡feliz de aquél
con quien compartes tu vida!-, mientras mi
habitación se transforma en gruta
llena de fantasmas errabundos, que gustan
del silencio y del vacío.
¡Adiós, Ángel mío! un nuevo fantasma
se ha incorporado a las legiones que
pueblan mi casa, la casa que una vez
fue tuya y que hoy es una ruina llena
de recuerdos...
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